martes, 18 de noviembre de 2008

Alerta Zombie en Madrid

Siempre me han gustado las pelis de zombies, especialmente esas donde solamente sobreviven unos pocos humanos que toman todo lo que necesitan de supermercados y arsenales y subsisten escondidos esquivando tan aviesas criaturas (p.e. El Hombre Omega con Charlton Heston, Amanecer de los Muertos de George A. Romero). Lo que he ido observando es que según evoluciona la cinematografía, los zombies son cada vez más rápidos (en 28 Semanas Después corren más que la cabeza de la San Silvestre) y más inteligentes (en Soy Leyenda, hasta ponen trampas).

Pues bien, la evolución continúa y ya están entre nosotros, porque he descubierto que Madrid por la mañana está lleno de zombies. No corren, sino que conducen coches, y yo lamentablemente no tengo ningún arma y voy más despacio que ellos en mi bicicleta, en la que cada día intento llegar a la migración del Serengueti en un tiempo razonable.

Por lo general si te mueves sigiloso y no les importunas no suelen molestarte, salvo que deseen apropiarse del espacio ocupas o vayas a ocupar en décimas de segundo. En ese momento sus cerebros inanimados desatan toda su furia y lo toman, sin sentimientos ni remordimientos, pese a estar a punto de quitarte la vida en el intento.

Y cada día es una aventura en esta ciudad de muertos vivientes, donde la educación desapareció hace mucho tiempo. Ayer un zombie decidió hacerme detener en seco para entrar a su garaje, hoy otra zombie se saltó un paso de cebra a centímetros de mi rueda y encima levantó su muñón descarnado en lo que podría ser un atisbo de su extinta educación; las señales, los pasos de cebra no existen en sus neuronas resecas. En unos segundos el pulso se acelera, el corazón late con fuerza, “no, esto no puede estar pasando”, y tras la crisis pronto termina el ataque. ¿Cuándo llegará el siguiente? Tened cuidado, los zombies acechan, están en todas partes, en las calles, las tiendas, las carreteras... Incluso alguno puede estar leyendo ésto… ¿eres tú uno de ellos?

domingo, 16 de noviembre de 2008

XXIX Trofeo José Cano, vulgo la de Canillejas

Canillejas es muy popular, ya que tiene muchos adeptos y muchos detractores. A mí de esta carrera sólo me gusta el horario (empieza a las 11:30 y no hay que madrugar, como nos tiene acostumbrado nuestro ayuntamiento) y el perfil, algo menos escabroso que el resto de recorridos de Madrid. Un par de cuestas no muy duras y el resto en bajada.



Por lo demás, podría enumerar varios motivos para no ir: el acceso es muy antipático (la salida está a dos kilómetros de la boca de metro más cercana y a cuatro de la meta), la bolsa del corredor es propia de un eremita (por los 15 euros, una camiseta de algodón de la misma talla para todos, y un souvenir), y hoy en concreto, caos en la recogida del guardarropa.

También, comparada con otras, no hay tantas inscripciones (6.500), pero a mí siempre me ha agobiado la salida, en menos de un kilómetro los seis carriles del inicio se comprimen en dos y todo el mundo se pone de los nervios (sube y baja de aceras, entre los coches aparcados...)

Hoy. La mañana se levantó magnífica, un día limpio y soleado, que no caluroso, para poder correr cómodamente en manga corta. Mi actuación, españoles, no me llena de orgullo y satisfacción, y no por la marca, que ha sido buena (38:28, seis minutos menos que mi última Canillejas en 2006), ni por haber bajado por cuarta vez consecutiva en esta distancia.

Al contrario que en las anteriores, no he tenido la sensación de controlar la carrera, la salida me ha descentrado un poco y me ha marcado un ritmo demasiado rápido que he intentado sin éxito mantener. Por otro lado, estaba convencido de poder hacer un mejor tiempo en un circuito más favorable, quizás ya me pasan factura tantas competiciones. Esperaré a la última carrera "seria" de la temporada, Aranjuez, para intentar rondar el 38, antes de retirarme a los cuarteles de invierno y las carrerillas populares propias de Navidades.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Esto no puede ser bueno

Se abren las puertas del cercanías en la estación de Recoletos, y un rebaño informe de empleados acicalados se derrama de los vagones para completar su trashumancia diaria. Los túneles se llenan del sonido ensordecedor de sus tacones, que como pezuñas golpean las baldosas con un ruido seco que retumba fantasmalmente en las paredes, mientras la masa avanza rápida rellenando todo el espacio disponible ante ellos. Unos más ligeros zigzaguean esquivando otros ejemplares más lentos; otros corpulentos trepan con potencia las escaleras, optimizando sus cinco minutos de ejercicio diario; otros torpes se cruzan sin sentido; los menos han tenido la mala suerte de llevar dirección contraria y se acurrucan contra una esquina o escurren por un lateral para evitar ser arrastrados.

Sólo falta el río Grumeti para que uno visualice el salto de la gran migración de ñus en el parque del Serengeti, y aquí llega: los tornos de salida. Los homos oficinalis se agolpan contra las puertecillas, que parece que no dan abasto, y milagrosamente, la ola humana se pulveriza en una nube de vapor inofensiva que se pierde por las escaleras hacia la calle. Arriba, la luz y el frío calma el pánico desbocado de la manada, o lo disimula, y en cuanto llego al mundo exterior, espiro aliviado y trato de componerme. Este estrés hay que echarlo fuera, y pienso feliz que en unas pocas horas podré correr y pastar en libertad en la Reserva del Retiro, donde todos los hombres son duros, las mujeres guapas y las pulsaciones por debajo de la media.