jueves, 8 de octubre de 2009

Mi Onomástica

Me llena de orgullo y satisfacción compartir esta fecha tan señalada con todos (levanto el antebrazo y hago giros de 90º con la muñeca), puesto que el 9 de octubre es mi cumpleaños. Por curiosidad he consultado los nacidos este día, y salvo John Lennon y Alfred Dreyfus, me parece que el resto van a dejar tan poca huella en la historia como yo (lo siento Guillermo del Toro o Jacques Tati...).

Pero como me siento fuerte y éste es "mayormente" mi blog de deportes, creo que voy a darme un poco de cañita para festejar que mi cuerpecín tiene un año más, por el hecho de despistar a los radicales libres y demás factores de envejecimiento.

Por eso, hoy rehuí toda compañía que me obligase socialmente a series de distancias extrañas en recorridos espúreos, u oregones de otra dimensión desconocida, para marcarme en la recta del lago del JCI, como mis compañeros del Retiro, en un universo paralelo y con un día de desfase, 20 señores 300 de un minuto y un segundo cada uno, con su descansito entre medias y todo. Arrgg, ahíto y satisfecho he quedado con un entrenamiento muy apropiado para los 10 miles que se avecinan.

Y mañana, intentaré batir alguna de mis marcas en piscina, según humor en distancia larga o en corta.

¡Salud Camaradas!

lunes, 5 de octubre de 2009

Primera transición seria

Por fin se me logró. Desde que me planteé ser un tránsfuga al triatlón, sentía una gran curiosidad por la combinación de bicicleta y carrera, que experimenté por fin el sábado. Después de algo menos de una hora y media pedaleando 37 kilómetros, sin quitarme los culotte-dodotis y solamente cambiando las zapatillas dejé la macchina y me lancé con furia al Juan Carlos, deseoso de sentir las piernas pesadas, desorientadas o de cualquier otro extraño humor para correr.

Pues no, lo que sentí fue sorpresa al mirar el primer kilómetro: 4'15. Tuve que mirarlo dos veces, porque la sensación del ritmo que llevaba era muy distinta a la que noto habitualmente en sólo la carrera a pie. Aunque no me sentía ligero, notaba mis piernas como subiendo en primera, con potencia, ya caliente y centrado. Los seis kilómetros suaves que tenía previstos se convirtieron en ocho, en poco más de 34 minutos, corriendo varios en 4'08. Prácticamente la distancia (37/8) me "convalida" para un triatlón olímpico.

Me pregunto lo que pensarían los corredores del JC1, habitualmente tranquilos, al ver pasar a un poseso con pañales. Si además supieran que no sentía los dedos, por el globerismo de ponerme unos calcetinitos finos en la bici...

Y para exprimir las dos ruedas al máximo el fin de semana, al día siguiente otra subidita a Soto, 85 kilómetros, un poco tocado del día anterior pero con la honrilla de no dejarme adelantar por nadie a la ida (uno a la vuelta) y de rebajar el tiempo del domingo pasado. Total de entrenamiento de la semana: 8 sesiones, 10 horas.

El lunes, la macchina al taller con los cambios desajustados, y el menda caminando como los pistoleros. Lo que no ha hecho el maratón lo hace la bicicleta...

jueves, 1 de octubre de 2009

De vuelta a las buenas costumbres

Ultimamente no estoy dedicando mucho espacio de mi agenda de entrenamiento triatlética a correr, lo que me hace temer que si antes no era malo en un deporte, ahora soy regular en uno y malo en dos.

En piscina sigo mejorando, he bajado mi marca en 500 metros de 12 a 10 minutos en una par de meses, pero me sigue resultando frustrante compartir una calle y que te doblen, y te doblen, y te doblen… menudo boyero. La semana que viene empiezo dos días de clases por semana, y mi primer objetivo es aprender toda la técnica que sea posible: que si meto el dedo así mientras tuerzo el codo asá y aprieto de aquí y la abuela fuma allá. Seguro que para nadar tan rápido hay un movimiento secreto que nadie me ha contado y tengo que averiguar. Algo así como formar parte de una secta iniciática.

Ni que decir tiene que habiendo nacido al ciclismo hace poco tengo muuuucho que mejorar. Pero desde el lunes estoy un poco desasosegado con la bicicleta. Me enteré por un blog de la muerte de un ciclista en el anillo verde el pasado fin de semana, y leyendo sobre la alta tasa de siniestralidad de este deporte estoy sobrecogido, y no dejo de pensar en la delgada línea roja que divide la vida de la muerte. Además, estar leyendo Las Puertas de Fuego (Steven Pressfield) en las que los espartanos se hacen un sitio eterno en la historia despreciando a la muerte no ayuda… ¿acaso los atletas o triatletas o n-atletas no estamos emparentados en el tiempo con los griegos clásicos, al compartir desde hace siglos la agonía del esfuerzo?

Pero esta semana el entrenamiento a pie trajo algo bueno. Sigo dando vueltas cavilando donde meter una tercera sesión de carrera y hasta que lo consiga, los martes y los jueves los trabajo fuerte, habiendo descartado los rodajes por encima de 4:30. Y en esa tesitura me encontraba el martes, trotando a 4:20/km mientras dejaba vagar la mente por los bonitos colores del otoño que empiezan a amarillear con intensidad a lo largo de mi recorrido de tres mil metros, un tanto sorprendido por el número de corredores que estaba encontrando.

Una cara conocida, y familiar, ya que de repente me topo con mi cuñado y otro triatleta, deteniéndose con las zancadas características de terminar una buena trotada. “¿Qué hacéis?“ “Un 4 mil a 3:45. Venga, vamos a hacer otro”. Ufff, y yo que rodaba tranquilo, sin haber enchufado siquiera el Garmin… No lo pienses más, y a ello. Les aguanto un tres mil, y el último kilómetro voy cediendo metros hasta que se me van, cuento 16 segundos desde que se detienen. “¿Cuánto habéis hecho?” “3:40” (como siempre, la mentira del corredor, o el colchoncillo por si no llegamos al tiempo esperado). En todo caso, para mí, 3:45.

Ambos trabajan cerca del parque y este jueves he quedado para unas series de 400. Casi se me saltan las lágrimas, ¿habemus grupo?