Por fin se me logró. Desde que me planteé ser un tránsfuga al triatlón, sentía una gran curiosidad por la combinación de bicicleta y carrera, que experimenté por fin el sábado. Después de algo menos de una hora y media pedaleando 37 kilómetros, sin quitarme los culotte-dodotis y solamente cambiando las zapatillas dejé la macchina y me lancé con furia al Juan Carlos, deseoso de sentir las piernas pesadas, desorientadas o de cualquier otro extraño humor para correr.
Pues no, lo que sentí fue sorpresa al mirar el primer kilómetro: 4'15. Tuve que mirarlo dos veces, porque la sensación del ritmo que llevaba era muy distinta a la que noto habitualmente en sólo la carrera a pie. Aunque no me sentía ligero, notaba mis piernas como subiendo en primera, con potencia, ya caliente y centrado. Los seis kilómetros suaves que tenía previstos se convirtieron en ocho, en poco más de 34 minutos, corriendo varios en 4'08. Prácticamente la distancia (37/8) me "convalida" para un triatlón olímpico.
Me pregunto lo que pensarían los corredores del JC1, habitualmente tranquilos, al ver pasar a un poseso con pañales. Si además supieran que no sentía los dedos, por el globerismo de ponerme unos calcetinitos finos en la bici...
Y para exprimir las dos ruedas al máximo el fin de semana, al día siguiente otra subidita a Soto, 85 kilómetros, un poco tocado del día anterior pero con la honrilla de no dejarme adelantar por nadie a la ida (uno a la vuelta) y de rebajar el tiempo del domingo pasado. Total de entrenamiento de la semana: 8 sesiones, 10 horas.
El lunes, la macchina al taller con los cambios desajustados, y el menda caminando como los pistoleros. Lo que no ha hecho el maratón lo hace la bicicleta...