lunes, 7 de junio de 2010

Cosas que te pueden pasar el día de vuelta de unas vacaciones

  • Poner el despertador un rato antes para hacer bici porque te has dado cuenta de que llevas casi tres semanas sin tocarla y el sábado compites, y apagarlo en mitad de la noche porque aún no has pegado ojo.

  • En el trabajo descubrir que tú lo que siempre quisiste ser es escritor/torero/médico/bombero... cualquier cosa menos lo que realmente eres.

  • Llegar a la piscina y darte cuenta que has olvidado tus chanclas, y tienes que ir a hacer un pis con bañador turbo y castellanos.

  • Meterte en el agua y darte cuenta que has olvidado tus tapones de los oídos, y pasarte luego el resto de la tarde medio sordo por el agua.

  • Al recoger tus cosas darte cuenta de que se te cayó una pinza para sujetar los pantalones en la bici y que alguien se la ha llevado.

  • Descubrir que el candado de combinación con el que has atado la bici y que has usado dos veces se ha estropeado y que no puedes separar tu bici de la farola ni volver al trabajo.

  • Respirar aliviado porque la cizalla que te han prestado en la piscina te permite cortar los 17 euros de candado como mantequilla en unos segundos.

  • Preocuparte por la facilidad con la que se corta un candado de un centímetro de grosor, al que le ponen mucha más goma para aparentar.

  • Pedirle al casaca roja de seguridad de la puerta del Corte Inglés que te vigile la bici mientras te compras el candado más gordo que venden, decidido a que por lo menos le lleve al caco un minuto romperlo.

  • Escuchar como el dependiente del mismo departamento donde compraste el otro candado te dice que los de combinación no son fiables.

  • Llegar tarde al trabajo por estas historias y darte cuenta que siempre quisiste ser científico/militar/granjero/confesor de Isabel II.

  • Desear protestar en tu blog por todos los desatinos del día y acostarte para terminar el día cuanto antes.

domingo, 6 de junio de 2010

La ciudad de las bicis

Estupefacto regreso de Barcelona. Había leido que mucha gente se desplaza en bici por sus calles pero no era consciente de su número, ni de lo mucho que está apoyado por el Ayuntamiento.

Prácticamente en cada manzana hay un aparcamiento para bicicletas particulares, y en la ciudad cientos de estaciones de "bicing", donde se recogen y depositan las bicis públicas mediante una tarjeta magnética. Con el abono mensual no se permite más de media hora de uso, ya que no se persigue un objetivo lúdico sino de transporte, combinado con otros medios. Es muy popular y por aceras y calles y carriles ad hoc se ven continuamente ciclistas con las bicis municipales. Además existen muchas empresas de alquiler para turistas.

Igualito que en Madrid, cuyo anillo verde no es útil para desplazamientos no lúdicos más que a unos pocos afortunados que les resulte cercano el trabajo, porque recorre la M40 sin llegar a ningún sitio. ¿Llegaré a conocerlo antes de jubilarme? ¿soportarán los conductores madrileños la convivencia con ciclistas?

miércoles, 2 de junio de 2010

Nadando en el Cantábrico

La playa está tranquila, como el mar, sin muchas olas. El agua a 15º no hace que mucha gente se aleje más de unos metros de la orilla. Las familias contemplan el mar, saboreando el calor del sol.

El marciano emerge de la arena, embutido en un traje de goma ajustadísimo que presiona todo su cuerpo y gafas de nadar. Ignorando las miradas curiosas, me introduzco en el agua fría, pero no lo noto porque estoy separado del exterior por una fina película de agua calentada por mi cuerpo. Solamente los pies están muy fríos, casi insensibles.

Poco a poco, al adentrarme en el agua, el fondo se aleja, si bien la luminosidad permite ver que hay unos diez metros para abajo. Llega un momento que no se ve nada. Las olas, tranquilas, no alteran mi horizontalidad, pero sí el rumbo, de vez en cuando miro hacia adelante para orientarme hacia las boyas que delimitan la zona segura del mar abierto. Giro hacia el faro, en paralelo a la playa, y tengo que cambiar de dirección varias veces.

Nado tranquilo, porque noto una gran flotabilidad por el traje y nada de frío. Salvo que una fuerte corriente me arrastrase mar adentro, no percibo ningún posible peligro. Mis piernas que en la piscina pesan como un plomo, con el traje de neopreno se mantienen a ras de agua. El esfuerzo es mínimo, solamente me desgasta la tensión de encontrarme en el mar, bastante lejos de la orilla. A veces una ola me levanta y noto un pequeño mareo, y la boca no deja de saberme a agua.

Ya llego a la orilla, calculo el momento de ponerme de pie para no quedarme varado en la arena y dar el espectáculo a todas las miradas curiosas que me observan.

Una buena zambullida en el mar, sin agobios con el traje sino todo lo contrario. Prueba superada, primera experiencia con neopreno en mar abierto. Sigue acercándose el día 12, mi primer tri...